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Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.

No moriremos frente al espanto. Jamás. 

Gritaremos. Sí, de forma exagerada. Se escuchará en el hemisferio perfectamente contrario, un sonido con la velocidad de un giro de ciento ochenta grados, adentro de los bares, adentro de las tazas, adentro de las mochilas, adentro de las casas, adentro de las camas, adentro de todo lo que alguna vez se presumió material en este mundo (por no hablar de arriba, ante, cabe, bajo). Que se escuchará, se escuchará. 

Lloraremos. Sí, de forma increíblemente desparramada. Como nunca nadie se imaginó que el cielo podía llover, es decir, como inundando ciudades, pueblos y rutas. El agua volverá a cubrir cuanto espacio libre de humedad quede, seguiremos nuestras vidas en botes, canoas, góndolas; aquella famosa ciudad italiana se transformará en cotidiana. No podremos hacernos responsables por semejante desastre, estaremos agotados de tanto llanto y seguro que será insuficiente. 

Pero no cederemos la vida frente al espanto.

Antes dejaremos caer la voz, el grito, el espeluznante recorrido en la espalda de un suspiro amargo, la gota acumulada de un lagrimal repleto de miserias, el escalofrío de un sobresalto, el hundimiento de un cuerpo aterrado bajo las sábanas. Saldremos corriendo si es necesario.

Que venga el espanto, que se plante de manos, que somos muchos, estamos juntos y no le tenemos miedo.

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