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Descargo

Me pesa cada uno de los libros que no leí, me atormenta que estén acomodados, uno al lado del otro, recibiéndome al llegar y despidiéndome al partir, como un post-it recordatorio de lo que se debe hacer. Quizás la biblioteca sea el mueble más llamativo de mi casa, repleta de libros que existen sólo para hacerme saber que no los leí. Pero más allá de las cuestiones personales contra mí, si los libros resaltan como un cartel luminoso no es por mérito propio, sino debido a su contraste con la pared blanca que los enmarca.

Me gusta el color blanco, pero desconfío. Es una cuestión de creencias, que el blanco no existe, siempre está matizado. Mirá está pared, cuántos rayones, manchas y pinceladas, revolucionando la supuesta pulcritud sagrada e impoluta. Y que sin embargo, al lado del circo de biblioteca que tengo, parece más blanco que... 

Me pesa lo falso, aunque no podría reconocerlo, porque para eso tendría que hablar de lo verdadero, y no tengo ni la más puta idea de que es eso, y probablemente tampoco la tenga en los próximos setenta años. Me pesan los extremos, porque contengo la lógica del pensamiento binario, y por más que haga el esfuerzo, el mundo se bifurca siempre hacia los mismos lugares. Me ahoga la primera persona porque no sé hablar de otra cosa, no me sale armar oraciones de otra forma, porque la escritura no es lo mio. 

Que prefiero exponer todos mis sentimientos, a jugarme en la ficción, que no se porque relaciono ficción con mentira y que no puedo asumir el riesgo. Que no soporto esta contradicción, que me da asco mi posición, que quiero ser valiente. Que no aguanto leerme, que es horrible, que siempre y nunca, todo y nada, que repito una y otra vez lo mismo, y sin embargo, no llego ni a rozar un decir que diga algo. 

Que estoy agobiada de creer y de pensar, que todo sería más fácil con la filosofía oriental, qué por qué soy tan bruta, que de dónde me caí, que me cuesta valerme. Que la biblioteca se me viene encima, la veo derrumbarse en cámara lenta. Le sobresalen dedos índices, espinas amenazantes que asoman de las páginas de los libros como si fueran marcadores. Que no es más que un adorno, una fachada o una maqueta. Que me gusta que esté ahí por las dudas, por si algún día me descubro de sorpresa leyendo un libro. 

Que no existe el blanco, que no hay pureza. 

Por eso se me viene abajo, por eso se me cae, porque no hay garantías. Que la pared blanca me cansa porque me recuerda que todo es mentira, que los personajes que monto para creer que tengo más o menos acomodada la existencia, no son tan blancos, ni tan puros, ni tan fieles. Pero que en definitiva, son y serán, lo más extranjero y propio que tengo. Y a pesar de mi falta de creatividad, ellos son mi mejor invento.



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