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Bird.

Imaginen un hombre de unos veintinueve años, tez blanca, unas tímida pecas asomando en su nariz, el cabello negro rebelde y corto, los ojos marrones, flaco y de buena altura. Una remera básica de algodón, un jean que alguna vez fue negro y unas zapatillas de lona con cordones blancos.

Imaginen un hombre simple, con la mirada profunda y serena, pensativo y silencioso, sin grandes pretensiones. Un hombre de esos que se sientan en los umbrales de las casas a ver la gente pasar, un hombre que conoce el sabor amargo de un mate bien cebado.

Un hombre con buena vista, con la cualidad de descubrir la belleza en detalles mínimos, de detenerse en la claridad humana donde otros se quedan ciegos. Diferenciándose de estos ciegos por su finísima habilidad de disfrutar de las pequeñas cosas, un hombre que ve lo maravilloso en la abeja y no en la reina. Imaginen un hombre así, como la lluvia que cubre con un manto tenue e incesante la ciudad de noche, como se ven entonces las luces miopes, difusas y grandes, como se ve la luna cuando sube por el rio, naranja y redonda.

Un hombre suave, con la voz compañera, con las manos extendidas, con la firmeza que implica el ejercicio de la espera. Un hombre que puede sostener la mirada sin avergonzarse, que sabe guardar silencio y contemplar, que entiende que no sólo de palabras está hecho el vínculo, y que, a su vez, reclama a gritos mudos transcurrir su soledad. Que no necesita decirlo, pero tampoco necesita callarlo.

Un hombre que mientras camina mira al cielo y se deja envolver ensoñado por el aire, que como una víbora halla su camino en la discreción y el sigilo, que sabe celebrar la puntería y soportar los naufragios. Que encuentra en el trayecto de la púa del tocadiscos, en la transcripción lluviosa de su sonido, en el tiempo de espera de desplazamiento, el placer de escuchar un buen disco.

Un hombre que cuenta con la paciencia del jardinero, de quien se sienta a esperar la caída del sol mirando el horizonte con un compromiso acérrimo, sin apuros, como si de eso dependiera el resto del universo, y sin embargo, a sabiendas que de él no depende nada.

Un hombre que invita a destapar un mundo con cada cerveza, que sueña y vive a través de las palabras, que les guarda respeto, que las elige, que no malgasta. Que conoce la medida justa de las cosas, que no exagera ni le falta. Un hombre con sed de arte, con curiosidad, con movimiento, con la naturalidad de un niño moviendo sus pies al compás de la música. 

El juego es, para él, inherente a la vida. Y mientras una sonrisa se le escapa, patea una pelota o arma una carrera en bicicleta, invita al vértigo y a la adrenalina al juego. El pequeño ser que nunca se fue, prestidigita los momentos felices que este hombre guarda en su memoria. Austeros, repletos de sol de tarde y galletitas, de picardía e inocencia, de calle y naranjas, de parque y de agua.

Un hombre con la templanza y la seguridad de la corriente del río que avanza, como liviano, dejándose llevar por el caudal del agua amarronada. Con la armonía y la calma del canto de los pájaros que posan en las ramas de los árboles en su orilla. Un hombre que en la desembocadura del porvenir encontrará una casa pequeña, un par de libros, un vino, una buena compañía, un perro, una brisa y una melodía chamamecera. 

Así como una pluma que cae acunada por el zarandeo del aire que la hamaca de acá para allá. Así imaginario y fantástico como el hechizo que hace que esa pluma sea abrazada y protegida hasta caer en la tierra. Así sensible y resignado como el hombre que trabaja esa tierra donde cae la pluma, que vive y come a cuentas del implacable sudor de su cuerpo.

Así se dio cuenta, mucho antes que el resto, él ya sabía, como dijo Galeano, que los hombres no estamos hechos de átomos, sino que estamos hechos de historias.


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Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.

No moriremos frente al espanto. Jamás. 
Gritaremos. Sí, de forma exagerada. Se escuchará en el hemisferio perfectamente contrario, un sonido con la velocidad de un giro de ciento ochenta grados, adentro de los bares, adentro de las tazas, adentro de las mochilas, adentro de las casas, adentro de las camas, adentro de todo lo que alguna vez se presumió material en este mundo (por no hablar de arriba, ante, cabe, bajo). Que se escuchará, se escuchará. 
Lloraremos. Sí, de forma increíblemente desparramada. Como nunca nadie se imaginó que el cielo podía llover, es decir, como inundando ciudades, pueblos y rutas. El agua volverá a cubrir cuanto espacio libre de humedad quede, seguiremos nuestras vidas en botes, canoas, góndolas; aquella famosa ciudad italiana se transformará en cotidiana. No podremos hacernos responsables por semejante desastre, estaremos agotados de tanto llanto y seguro que será insuficiente. 
Pero no cederemos la vida frente al espanto.
Antes dejaremos caer la voz, el grito…

El chiste del final.

¿Habrá existido en algún segundo, aunque haya sido impalpable para el tiempo, un espacio último para la duda? ¿Habrás temblado, aún a sabiendas de la determinación, tambaleante en la indecisión de tu cuerpo como un latir intermitente? ¿Habrás encontrado la fatiga de un pensamiento terminal en una imposibilidad de postergar el acto, en un obsceno y miserable fondo de cavilaciones? ¿Habrás vuelto la vista sobre tu hombro en una confirmación del Otro, presenciando la completa nulidad de garantías? ¿Habrás sentido mientras te atravesaba el cielo el insalvable corolario de la libertad absoluta? 
Escribiste tu última metáfora, exacta, cabal, incólume, certera.  No doblegaste la decisión ante la inevitable consecuencia de dejarnos leyendo tu poesía a destiempo, amarga, intraducible, inteligible, como un borroso y débil verso que no hace rima.

Tom Chambers