Ir al contenido principal

Luca. Pieza 4.

(Fumando sólo te esperaré, a ver cuándo llegas - Luca Bocci)

Empiezo a escuchar una música paralela a una canción. Primera reacción, miro el celular y la pantalla está negra; no hay llamada pero la musiquita no para. Parece un teclado midi que está muy cerca, dentro del departamento. Segunda reacción, me abalanzo al celular, saltando sobre el piso húmedo para no marcarlo, pero ningún sonido sale de él. Lo acepto, estoy sola, y sin embargo lo sigo oyendo. De repente, termina la canción y la música se apaga.

¿Quién iba a decir que un sábado a la madrugada me coronaría descubriendo, con mis sentidos potenciados, una melodía intrínseca en un tema de El mató un policía motorizado? Me quedo boquiabierta, ojiabierta, sorprendida.
 
Me hundo en el sillón, con la cabeza colgando, ramificada por todo el departamento. Cuando el aromatizador automático, tras su ciclo de minutos programados, larga su característico “chzzzz”, salto del mundo donde me lleva la animación de YouTube de Los Espíritus, despierto como de un entresueño diabólico que me quema, lleno de fuego y azufre. No quiero escuchar esta música, me pregunto cómo llegamos a esto, no quiero escucharlo, pero no tengo fuerzas para evitarlo.


Un pensamiento más fuerte que el rechazo por Los Espíritus me invade: tengo hambre, mucha hambre. No puedo levantarme a conseguir comida y voy a morir de inanición. Hago un repaso mental de las opciones que tengo en la heladera/alacena una y otra vez sin encontrar nada. El resultado siempre es el mismo, me digo: “Tengo que pedir unas empanadas a un delivery”. Y me contesto: "Van a tardar mucho y vas a morir de hambre". Mi otro yo, que no sabe callar, me dice: "Anda a la rotisería de acá a la vuelta". Y mi cuerpo le responde: "Eso es imposible. No nos podemos mover".

Los Espíritus no paran de sonar, esa animación tan terrible que consume el alma de todos los seres vivos del mundo sigue moviéndose en la pantalla del televisor.

Estoy tratando de hacer tiempo, para que mi hambre se concentre, para que sea lo suficientemente poderosa. Intento tener un hambre que me permita salir de la cueva a la que el sillón me está sometiendo, tanta hambre que mi cuerpo colabore en la lucha por la supervivencia. Y la tengo. Pienso que si A. llegara en este momento, si cruzara esa puerta en este instante, me lo comería. Me desplazo hacia la heladera. Lo que en un principio fue imaginado como una cena de empanadas, de carne al horno con papas, de una pizza con doble muzzarella, se transforma en cuatro salchichas vencidas. 


Nada se pierde, todo se transforma: la noche, la música, la melodía paralela, el fuego, los diálogos, el hambre, la ausencia y las salchichas vencidas. 



http://samanthaeverton.com

Comentarios

Entradas populares de este blog

Bird.

Imaginen un hombre de unos veintinueve años, tez blanca, unas tímida pecas asomando en su nariz, el cabello negro rebelde y corto, los ojos marrones, flaco y de buena altura. Una remera básica de algodón, un jean que alguna vez fue negro y unas zapatillas de lona con cordones blancos.
Imaginen un hombre simple, con la mirada profunda y serena, pensativo y silencioso, sin grandes pretensiones. Un hombre de esos que se sientan en los umbrales de las casas a ver la gente pasar, un hombre que conoce el sabor amargo de un mate bien cebado.

Un hombre con buena vista, con la cualidad de descubrir la belleza en detalles mínimos, de detenerse en la claridad humana donde otros se quedan ciegos. Diferenciándose de estos ciegos por su finísima habilidad de disfrutar de las pequeñas cosas, un hombre que ve lo maravilloso en la abeja y no en la reina. Imaginen un hombre así, como la lluvia que cubre con un manto tenue e incesante la ciudad de noche, como se ven entonces las luces miopes, difusas y gr…

La otra escena.

"Nunca voy a hacerme un tatuaje, no podría tenerlo toda la vida". Mañana, ayer, sábado, domingo, y de un plumazo, toda la vida. Sólo un intervalo, un lapso de respiro, un plazo de tregua. Sacamos la cabeza afuera del agua, un segundo, para abrir la boca, para no ahogarnos, casi en un intento desesperado, y entonces le llamamos toda la vida.  Volvemos, inconvenientes, al mismo lugar, a la misma cueva, al mismo olor, al mismo ardor, donde transpira el hedor de lo inconcluso, descansando al margen de lo ilícito. Nos acurrucamos, como desamparados de palabras, en el hueco de toda intransmisibilidad. No hay explicación, volvemos porque cita el deseo, porque le tenemos terror al vértigo, y porque somos desafiantes, y a la vez cobardes.   En ese acto, que cruza la línea, desde la inoportunidad del destino, sobrevivimos. Cobramos la cuota que empuja al encuentro, que entiende de coincidencias, que impulsa el pensamiento y la animosidad. Vivimos como el comentario, en paralelo al univ…

Uno.

Nacer en Octubre no es poca cosa. Los que vivimos bajo el orden del año calendario, reconocemos su lugar peculiar. Octubre es un mes de definiciones, el comienzo de la 3/4 parte de la novela, el ocaso de todos los días, el principio del fin. En él se comprueban los logros y los fracasos, se sostienen o se caen las ilusiones construidas en Enero, y la proximidad de las fiestas de Diciembre genera los primeros rasgos de alboroto familiar. Octubre es un tobogán, un tobogán al atardecer.
Es el momento donde se desprenden las flores de los jacarandás y los lapachos, dando lugar al brote de las hojas. Las calles se cubren de colores, de ríos de sangre violeta que se amontonan en los cordones de las veredas. Vivimos la maduración primaveral, mientras el día se hace más largo y las noches más cálidas, salimos a fumar en el balcón, comemos junto al río, invadimos los parques, sacamos la mesa al patio y nos amigamos con la observación prolongada de las estrellas. Suele haber tormentas típicas…