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Iberá.

Este lugar es maravilloso.
¿Cómo hacer para no irme del todo de acá? Escribiendo. 

El pueblo, la gente, el agua. Las hojas que flotan, los árboles que viran, sauces que lloran a un yacaré escondido entre los musgos, cuello que quiebra al aire de la garza blanca. Zarandea el viento en la totora que arrulla el canasto de mimbre sobre el que duerme el pequeño pellegrinero.
La tierra roja pegada a las piedras, caminos de barro que amansan los caballos litoraleños. El sol cae como una bola gigante acariciando el horizonte, testigo del encuentro del carpincho y el viento, de los monos y el yatay. Sobre el espinillo brilla y muere el último suspiro de luz naranja, los pellegrineros bailan en el suelo húmedo de las casas de adobe, sobre el tiempo tintineante del atardecer. Grillos, ranas, chicharras, sonidos de la vida, vienen de la laguna para encontrarse con el pueblo.
Irrumpe el hombre que acecha en el monte chaqueño, apuntando su mira sobre el animal que ignora moral, todo bien, todo mal. Mullen las hojas de palmeras y frutos silvestres ante el tronar de la escopeta, el extranjero invade los mangrullos como entrando por la puerta de su casa y desequilibra desde la mojarra del estero al pitogüé del cielo.
Pero hay otro hombre que nace del barro, que no espanta ni traiciona. En el camino se ven las casitas de adobe, los baches del revoque descubren al ladrillo forjado por la mano mas curtida del interior mas interno del país, ese bache que forma una isla en la pared por donde transitan los años. En la manchada galería, columnas de troncos con forma de árboles torcidos, dinámicos, estructuras desestructurantes, formando un todo con el barro mismo, se completan, cual rompecabeza de niño. El techo de paja, la pared de adobe, el pedazo de vidrio, la historia del tronco que ahora es columna y alguna vez fue árbol. Sobre esa galería se dibuja la mesa de todos los días, cuatro patas y un tablón por donde se escurre la vida. 




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