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Iberá.

Este lugar es maravilloso.
¿Cómo hacer para no irme del todo de acá? Escribiendo. 

El pueblo, la gente, el agua. Las hojas que flotan, los árboles que viran, sauces que lloran a un yacaré escondido entre los musgos, cuello que quiebra al aire de la garza blanca. Zarandea el viento en la totora que arrulla el canasto de mimbre sobre el que duerme el pequeño pellegrinero.
La tierra roja pegada a las piedras, caminos de barro que amansan los caballos litoraleños. El sol cae como una bola gigante acariciando el horizonte, testigo del encuentro del carpincho y el viento, de los monos y el yatay. Sobre el espinillo brilla y muere el último suspiro de luz naranja, los pellegrineros bailan en el suelo húmedo de las casas de adobe, sobre el tiempo tintineante del atardecer. Grillos, ranas, chicharras, sonidos de la vida, vienen de la laguna para encontrarse con el pueblo.
Irrumpe el hombre que acecha en el monte chaqueño, apuntando su mira sobre el animal que ignora moral, todo bien, todo mal. Mullen las hojas de palmeras y frutos silvestres ante el tronar de la escopeta, el extranjero invade los mangrullos como entrando por la puerta de su casa y desequilibra desde la mojarra del estero al pitogüé del cielo.
Pero hay otro hombre que nace del barro, que no espanta ni traiciona. En el camino se ven las casitas de adobe, los baches del revoque descubren al ladrillo forjado por la mano mas curtida del interior mas interno del país, ese bache que forma una isla en la pared por donde transitan los años. En la manchada galería, columnas de troncos con forma de árboles torcidos, dinámicos, estructuras desestructurantes, formando un todo con el barro mismo, se completan, cual rompecabeza de niño. El techo de paja, la pared de adobe, el pedazo de vidrio, la historia del tronco que ahora es columna y alguna vez fue árbol. Sobre esa galería se dibuja la mesa de todos los días, cuatro patas y un tablón por donde se escurre la vida. 




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Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.

No moriremos frente al espanto. Jamás. 
Gritaremos. Sí, de forma exagerada. Se escuchará en el hemisferio perfectamente contrario, un sonido con la velocidad de un giro de ciento ochenta grados, adentro de los bares, adentro de las tazas, adentro de las mochilas, adentro de las casas, adentro de las camas, adentro de todo lo que alguna vez se presumió material en este mundo (por no hablar de arriba, ante, cabe, bajo). Que se escuchará, se escuchará. 
Lloraremos. Sí, de forma increíblemente desparramada. Como nunca nadie se imaginó que el cielo podía llover, es decir, como inundando ciudades, pueblos y rutas. El agua volverá a cubrir cuanto espacio libre de humedad quede, seguiremos nuestras vidas en botes, canoas, góndolas; aquella famosa ciudad italiana se transformará en cotidiana. No podremos hacernos responsables por semejante desastre, estaremos agotados de tanto llanto y seguro que será insuficiente. 
Pero no cederemos la vida frente al espanto.
Antes dejaremos caer la voz, el grito…

El chiste del final.

¿Habrá existido en algún segundo, aunque haya sido impalpable para el tiempo, un espacio último para la duda? ¿Habrás temblado, aún a sabiendas de la determinación, tambaleante en la indecisión de tu cuerpo como un latir intermitente? ¿Habrás encontrado la fatiga de un pensamiento terminal en una imposibilidad de postergar el acto, en un obsceno y miserable fondo de cavilaciones? ¿Habrás vuelto la vista sobre tu hombro en una confirmación del Otro, presenciando la completa nulidad de garantías? ¿Habrás sentido mientras te atravesaba el cielo el insalvable corolario de la libertad absoluta? 
Escribiste tu última metáfora, exacta, cabal, incólume, certera.  No doblegaste la decisión ante la inevitable consecuencia de dejarnos leyendo tu poesía a destiempo, amarga, intraducible, inteligible, como un borroso y débil verso que no hace rima.

Tom Chambers