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Un segundo para la duda.

Hay un espacio, un segundo, un territorio, un pequeño e inabarcable milímetro. Pertenece al mundo de lo minúsculo, lo liliputiense, lo benjamín y lo enano. Más aún, lo imperceptible, lo invisible e inaprensible, lo microscópico. Quizás me arriesgaría a decir: lo imposible.

En esta circunstancia etérea se traza la línea con jugo de limón. Sobre un papel, un pincel desfila develando la invisibilidad del jugo de limón. Es un movimiento, como nacer, como llorar, como reír, como vivir; un transitar liviano que se luce en un destello momentáneo mientras la humedad se resguarda en el pulso. Cada paso que damos hace jugo para escribir la traza. Grafía que inscribe y desnuda, huella que marca y abandona.

Cuando se delinea ese camino, no hay vuelta atrás. La brocha siempre desliza hacia adelante, es decir, tiene una orientación que no entiende de pasado, tiene un galopar de ávidas madrugadas, tiene un serpenteo de picardía infantil, tiene una melodía de transcurrir menguante. Puede ser, también, que tenga una estrella, un horizonte, un mañana. Es, en definitiva, lo más parecido a un río caudaloso.

Las situaciones límite, las intensas alegrías y las profundidades de la tragedia nos invitan a enfrentarnos con las máscaras que nos faltan en el archivo. Máscaras construidas, naturalmente, con jugo de limón. ¿Qué rostro vamos a usar ante la muerte? ¿Qué rostro vamos a usar ante la desesperación? ¿Cuál rostro ante el triunfo? Pregunta vana, ya que se sabe que no hay libertad de expresión ni de elección, que somos usados por los rostros a destajo.

Pero insisto ¿qué rostro vamos a usar cuando ninguna figura trasluzca sobre el fuego, cuándo el jugo de limón no escriba sobre el papel, cuando la llama no quiera arder? ¿Qué espacio habitaremos cuando no haya más señales sobre la hoja, cuando el mapa de tesoro no se revele, cuando ni la ficción alcance? ¿qué escena absorberá la caída cuando perdamos el equilibrio?

Lo valioso de ese instante radica, en la posibilidad de que en la grieta abierta recaiga toda la esperanza del mundo. Y no hay después, sólo hay mientras tanto.


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El chiste del final.

¿Habrá existido en algún segundo, aunque haya sido impalpable para el tiempo, un espacio último para la duda? ¿Habrás temblado, aún a sabiendas de la determinación, tambaleante en la indecisión de tu cuerpo como un latir intermitente? ¿Habrás encontrado la fatiga de un pensamiento terminal en una imposibilidad de postergar el acto, en un obsceno y miserable fondo de cavilaciones? ¿Habrás vuelto la vista sobre tu hombro en una confirmación del Otro, presenciando la completa nulidad de garantías? ¿Habrás sentido mientras te atravesaba el cielo el insalvable corolario de la libertad absoluta? 
Escribiste tu última metáfora, exacta, cabal, incólume, certera.  No doblegaste la decisión ante la inevitable consecuencia de dejarnos leyendo tu poesía a destiempo, amarga, intraducible, inteligible, como un borroso y débil verso que no hace rima.

Tom Chambers