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El té está frío.

quedándote o yéndote

La siesta del domingo, las tazas de té sobre la mesa.

Como una bocanada de oxígeno tu imagen se impone en mi mente, te encuentro uniforme, iluminado, claramente enfrentado. 
Me interpelas, como es tu costumbre; me enredas en un torbellino de posibilidades que nunca se concretarán, alimento de la fantasía más pura. 

Mientras caes, yo pienso en vos. Ignoro tu situación, la impostergable urgencia de tu calma, el irremediable encuentro con el sin-sentido, la desesperanza traducida a la carne, tu inimaginable locura hecha acto. Ignoro todo de vos, sólo te pienso, como una exigencia. 

-Hola, te digo en mi interior. Abro tu foto y la cierro, consagrando toda negación. Insiste el impulso, la abro y te miro a los ojos. Al tiempo que caes, yo absorbo tu mirada. Toda nuestra humanidad está enfrentada en este último respiro compartido, tu rostro invade mis ojos mientras delineo en los tuyos el litoral de la ternura. Tus ojos que envuelven, que atormentan y que abandonan. 

No te siento caer, no te siento en la tristeza, ni en el lúgubre caminar, ni en la extraña convicción del acto, ni en la broma más incómoda, ni en la pregunta conmovedora, ni en las reflexiones existenciales, ni en el mate en nuestras manos, ni en el espacio que dejamos, ni en lo dicho o lo no dicho, ni en lo hecho o lo no hecho. 

Sólo fuimos reflejo, espejo contra espejo, imagen multiplicada, niños en el laberinto. Perdidos. Ya nadie duerme en esta casa donde me ausento, donde me hundo en el silencio que perturba a mi única certeza. La calma me ensordece. El té ya está frío. Y no hay retorno alguno. 



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