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Chove en Santiago

 Los días de lluvia no deberían ser laborables. La angustia atrapa, la melancolía se mezcla con los papeles, la nostalgia agobia. Nadie va a ir a un negocio un día de lluvia, no hay tarea administrativa que cumplir, no hay producto que vender, no hay servicio que brindar, no hay trámite que hacer, no hay día laboral posible.
 Los días de lluvia  son grandes artimañas para que cavilemos profundo, extremo opuesto al artilugio televisivo. Un pueblo culto es un pueblo que puede pensar los días de lluvia. Levanten las clases, los trabajos y los transportes. Suspendan los actos, los encuentros y los crímenes. Demoren los casamientos, los accidentes, las muertes y los nacimientos.
 ¿Acaso no ven que está lloviendo?

 Este ejercicio del ocio lluvioso no es gratuito. Como todo juego incluye normas, condiciones, legalidades: Un gato en el hogar, un leño prendido, una torta en el horno. El aroma a tierra mojada, las gotas dibujándose en los vidrios, el viento frío colándose en las intersecciones de la casa. El cielo gris, nublado, repleto, pesado, acá abajo. Los pájaros escondidos, armados de nidos, confinados a resistir. Las plantas brotando, bebiendo, brillando. Un mate amargo recién armado, con la yerba de lado, con el agua a punto y unas manos dispuestas a cebarlo. Una melodía sonando. Un Otro.

 Quiero que se declare feriado. 


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