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La voz reinante.


¿Alguién comprenderá lo terrible? Es tan difícil rebuscársela con sus voces. Soy toda palabras, y se me escriben en la piel como un castigo, el grito de las histéricas, el silencio de las tímidas, la duda de las temerosas, el dolor de las víctimas, el amor de las putas. Mis manos todas removiéndose entre las tripas del desgarrado saberme muchas, tantos dedos escapando, tantas bocas opinando; me revuelven el estómago para no dejar que la paz se acerque. Siempre es primavera para mis manos, siempre estamos florenciendo, en continuo cambio, brotando, girando, en plenitud de movimiento. Reinterpretan todos los murmullos para hacerlos propios, y así se suman a la larga lista, un millón de ajenos que me vienen a formar; y así somos grandes partes, los rasgos de las migajas que van dejando sobre mi almohada en los sueños los recuerdos. Siempre están con el índice en alto juzgando las estrategias y las improvisaciones, están alerta de los momentos en que puedan hacerse oir para atacar con toda su fuerza, mi fuerza, y me dejan sin ella. No tengo manera de tomar partida en este juego, las reinas son caprichosas y malcriadas, las reinan tienen el trono. Hay que aguantar, hay que mirar el cielo. Ellas algún día van a callar.


Foto: Ingeniero Moneta - Buenos Aires

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Imaginen un hombre de unos veintinueve años, tez blanca, unas tímida pecas asomando en su nariz, el cabello negro rebelde y corto, los ojos marrones, flaco y de buena altura. Una remera básica de algodón, un jean que alguna vez fue negro y unas zapatillas de lona con cordones blancos.
Imaginen un hombre simple, con la mirada profunda y serena, pensativo y silencioso, sin grandes pretensiones. Un hombre de esos que se sientan en los umbrales de las casas a ver la gente pasar, un hombre que conoce el sabor amargo de un mate bien cebado.

Un hombre con buena vista, con la cualidad de descubrir la belleza en detalles mínimos, de detenerse en la claridad humana donde otros se quedan ciegos. Diferenciándose de estos ciegos por su finísima habilidad de disfrutar de las pequeñas cosas, un hombre que ve lo maravilloso en la abeja y no en la reina. Imaginen un hombre así, como la lluvia que cubre con un manto tenue e incesante la ciudad de noche, como se ven entonces las luces miopes, difusas y gr…

Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.

No moriremos frente al espanto. Jamás. 
Gritaremos. Sí, de forma exagerada. Se escuchará en el hemisferio perfectamente contrario, un sonido con la velocidad de un giro de ciento ochenta grados, adentro de los bares, adentro de las tazas, adentro de las mochilas, adentro de las casas, adentro de las camas, adentro de todo lo que alguna vez se presumió material en este mundo (por no hablar de arriba, ante, cabe, bajo). Que se escuchará, se escuchará. 
Lloraremos. Sí, de forma increíblemente desparramada. Como nunca nadie se imaginó que el cielo podía llover, es decir, como inundando ciudades, pueblos y rutas. El agua volverá a cubrir cuanto espacio libre de humedad quede, seguiremos nuestras vidas en botes, canoas, góndolas; aquella famosa ciudad italiana se transformará en cotidiana. No podremos hacernos responsables por semejante desastre, estaremos agotados de tanto llanto y seguro que será insuficiente. 
Pero no cederemos la vida frente al espanto.
Antes dejaremos caer la voz, el grito…

El chiste del final.

¿Habrá existido en algún segundo, aunque haya sido impalpable para el tiempo, un espacio último para la duda? ¿Habrás temblado, aún a sabiendas de la determinación, tambaleante en la indecisión de tu cuerpo como un latir intermitente? ¿Habrás encontrado la fatiga de un pensamiento terminal en una imposibilidad de postergar el acto, en un obsceno y miserable fondo de cavilaciones? ¿Habrás vuelto la vista sobre tu hombro en una confirmación del Otro, presenciando la completa nulidad de garantías? ¿Habrás sentido mientras te atravesaba el cielo el insalvable corolario de la libertad absoluta? 
Escribiste tu última metáfora, exacta, cabal, incólume, certera.  No doblegaste la decisión ante la inevitable consecuencia de dejarnos leyendo tu poesía a destiempo, amarga, intraducible, inteligible, como un borroso y débil verso que no hace rima.

Tom Chambers