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La otra escena.

"Nunca voy a hacerme un tatuaje, no podría tenerlo toda la vida". Mañana, ayer, sábado, domingo, y de un plumazo, toda la vida. Sólo un intervalo, un lapso de respiro, un plazo de tregua. Sacamos la cabeza afuera del agua, un segundo, para abrir la boca, para no ahogarnos, casi en un intento desesperado, y entonces le llamamos toda la vida.  Volvemos, inconvenientes, al mismo lugar, a la misma cueva, al mismo olor, al mismo ardor, donde transpira el hedor de lo inconcluso, descansando al margen de lo ilícito. Nos acurrucamos, como desamparados de palabras, en el hueco de toda intransmisibilidad. No hay explicación, volvemos porque cita el deseo, porque le tenemos terror al vértigo, y porque somos desafiantes, y a la vez cobardes.   En ese acto, que cruza la línea, desde la inoportunidad del destino, sobrevivimos. Cobramos la cuota que empuja al encuentro, que entiende de coincidencias, que impulsa el pensamiento y la animosidad. Vivimos como el comentario, en paralelo al univ…
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Me gustan las cosas que guardan sentido, su filiación humana, su trazo cálido e invisible que descansa en un otro.
Me gusta que sean creación, que sean plus, que no coagulen en su materialidad, que no mueran al ser nombradas, que haya más, me gustan las cosas que esconden algo.
Es lo que permite despegar.
La poesía, los amuletos, los símbolos, las miradas, el lenguaje, la música, no remiten a sí mismos. Ocultan un tesoro, un significado tímido y secreto, un fulgor de misterio. Hay más en ellos. Hay una figura que nos encuentra naciendo y muriendo con cada una de las cosas que creamos. 
Porque hablamos, porque sentimos, porque humanos, hay más.

Mi cabeza está repleta de mar.

Puedo sentir el balanceo en las sienes,
la náusea y la marea, la altura y la sal.
Todo se hunde en aguas hondas, nada se salva de bravura, que abraza, golpea,  destroza, y vuelve a arrojar.
Avizoro un hilo de pensamiento que asoma en la cresta del agua, intento saber: abro bien grandes los ojos y miro adentro de mi cabeza-mar.
Aunque me concentre fuerte, no funciona, es más rápido el movimiento de la ola, que lo oculta, lo traga, y lo lleva a otro lugar.
Nunca encuentro lo que busco todo está en el fondo del mar.
Sólo me queda jugar en la orilla, esperar cada ola, buscar animada, por desear que mañana en un descuido, le gane un resto al mar.
Madera más madera, soga más soga, tela más tela, juntar para armar mi barco, y salir a navegar.


'Entrar en tierra de los sueños' por Catrin Welz-Stein

Resistiré.

Salgo del analista después de hablar durante cincuenta minutos de lo mismo, una sesión monotemática en torno a la angustia que resulta del panorama socioeconómico y político actual. Puedo figurarlo en una pintura como una gran extensión de campo fértil color verde, asediado por una peste cobriza ardiente, que deja sólo cenizas negras a su paso. Una catástrofe, diríamos, pero no natural. 
Voy desesperada en busca de aliados. Mi primer recurso es mandar mensajes para organizar un encuentro inmediato con amigos. Mientras espero las respuestas, la ansiedad me gana y atino a la utilización del segundo recurso, un intento más extremo; empiezo a buscar rostros de conocidos en los transeúntes, moviendo la cabeza en todas las direcciones, hasta que identifico al hermano de un amigo. Lo sigo hasta una bocacalle, donde esperamos que pasen los autos, y aprovecho la pausa para saludarlo:
-Hola –le digo mientras lo miro de costado. 
-Hola –me dice, girando la cabeza. 
Ahí me doy cuenta que no, no es él…

Dos.

Entre risas, mi familia suele contar siempre la misma anécdota: dicen que cuando nací parecía una bola de pelos, y tan fea, que nadie me quería alzar. Cuando la enfermera me llevó a la sala me recibió mi tío, el hermano menor de mi papá, quien asegura que la historia es real, que él estiró los brazos porque todos se quedaron mirando. Cuando la cuentan, la única que no se ríe es mi mamá, que una y otra vez se encarga de aclarar que nada de lo que dicen es cierto.


Nunca estuve cómoda en el mundo, siempre sentí una especie de molestia que se fue transformando y expresando de diferentes formas. Pero en mis primeros meses de vida sólo tenía una herramienta: llorar. Así que lloré todo lo que pude. Transformé la vida de los que me rodeaban en un verdadero infierno, supe ganar su odio y recolecté mal de ojo para una eternidad, será por eso que todavía hoy sufro de migrañas severas, como un resabio de aquel momento. En ese entonces, vecinos se acercaban a preguntar que me pasaba, viejas del ba…

Uno.

Nacer en Octubre no es poca cosa. Los que vivimos bajo el orden del año calendario, reconocemos su lugar peculiar. Octubre es un mes de definiciones, el comienzo de la 3/4 parte de la novela, el ocaso de todos los días, el principio del fin. En él se comprueban los logros y los fracasos, se sostienen o se caen las ilusiones construidas en Enero, y la proximidad de las fiestas de Diciembre genera los primeros rasgos de alboroto familiar. Octubre es un tobogán, un tobogán al atardecer.
Es el momento donde se desprenden las flores de los jacarandás y los lapachos, dando lugar al brote de las hojas. Las calles se cubren de colores, de ríos de sangre violeta que se amontonan en los cordones de las veredas. Vivimos la maduración primaveral, mientras el día se hace más largo y las noches más cálidas, salimos a fumar en el balcón, comemos junto al río, invadimos los parques, sacamos la mesa al patio y nos amigamos con la observación prolongada de las estrellas. Suele haber tormentas típicas…

Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.

No moriremos frente al espanto. Jamás. 
Gritaremos. Sí, de forma exagerada. Se escuchará en el hemisferio perfectamente contrario, un sonido con la velocidad de un giro de ciento ochenta grados, adentro de los bares, adentro de las tazas, adentro de las mochilas, adentro de las casas, adentro de las camas, adentro de todo lo que alguna vez se presumió material en este mundo (por no hablar de arriba, ante, cabe, bajo). Que se escuchará, se escuchará. 
Lloraremos. Sí, de forma increíblemente desparramada. Como nunca nadie se imaginó que el cielo podía llover, es decir, como inundando ciudades, pueblos y rutas. El agua volverá a cubrir cuanto espacio libre de humedad quede, seguiremos nuestras vidas en botes, canoas, góndolas; aquella famosa ciudad italiana se transformará en cotidiana. No podremos hacernos responsables por semejante desastre, estaremos agotados de tanto llanto y seguro que será insuficiente. 
Pero no cederemos la vida frente al espanto.
Antes dejaremos caer la voz, el grito…